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otros

Las ciudades e incluso los pueblos más pequeños han cambiado de aspecto de forma notable en los últimos diez años. Su población también ha cambiado a una rapidez pasmosa. Las corrientes migratorias alteran el color y el perfil de los habitantes provocando nuevas expectativas y miedos recién estrenados. Surgen así los nuevos rumores de siempre: “que si quitan trabajo”, “que si les dan una casa nada más llegar”… Efectivamente, no paran de llegar inmigrantes y nada más atracar sus flamantes cayucazos en las costas canarias, allí están todas las inmobiliarias regalando pisos y alquileres por doquier.

Y entre tantos dimes y diretes, las palabras nunca viene solas y ya que el lenguaje no es inocente, “integración”, “intercambio cultural”, “emigrante”, significan cosas muy diferentes en distintas situaciones y contextos. Bajo los descodificadores ambientales y culturales, las palabras se dilatan. Las líneas transversales que atraviesan las diferencias culturales pueden ser pocas, cambiantes y siempre negociables pero, ¿de qué sirven las tradiciones culturales que van en contra de los derechos humanos? La cultura no puede servir como bandera que sobreproteja actitudes nefastas con colectivos desprotegidos, herederos de la otredad. Porque generalmente los discriminados son los “otros”. Y “otros” hay miles, de mil colores y sabores. Y los “otros” también tienen sus propios “otros” que discriminar.

“Otros” con crucifijos, “otros”con alzacuellos, “otros” con bigote que hablan de los siete siglos de ocupación por parte de los musulmanes, “otros” de tez oscura, “otros” de azul, “otros” con acento, “otros” que roban, “otros” empeñados en teorías de la conspiración, “otros” que ocupan (en los sentidos macro y micro de la expresión)… “Otros” con el respaldo de un Dios más omnipresente que antes y con aliados con diversas liturgias. “Otros” que amenazan, “otros” que cierran obras de teatro por supuestas ofensas.

Juan G. Bedoya en El País decía que no es difícil escandalizar a las jerarquías religiosas de cualquier signo (cristianas, musulmanas, judias principalmente), ni precipitar sus iras o anatemas. Añadía Bedoya que “la imagen de forzudos cristianos moscovitas lanceando el corazón de Madonna como nuevos cruzados no es menos preocupante que la de fundamentalistas mahometanos que clamaron la muerte contra caricaturistas del periódico danés Jyllands-Posten

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